17 de marzo de 2014

Silencio fértil

El poeta Antonio Colinas en una fotografía de Elena Díaz Santana
El 22 de febrero de 2014, Vidal Arranz firma un artículo para El Norte de Castilla, Un mundo que agoniza. Conversaciones para tiempos de cambio en el que el gran poeta Antonio Colinas ofrece su visión sobre los tiempos que vivimos.

Elena Díaz Santana, en su blog "Mi pequeño mundo", extracta la entrevista, como siempre, con gran acierto.

Esta frase del poeta: "...hay que cultivar la mirada de dentro a afuera. Hay que hacerlo en unas condiciones de lo que yo llamo silencio fértil" incide en una de las conversaciones que más veces he mantenido con mi amigo José Amador Martín Sánchez.

Si nos atenemos al DRAE, en su tercera acepción, el silencio es también la falta de lo escrito y, por ende, lo NO escrito es silencio, fértil en la obligación del poeta, según el maestro Colinas.  

Entiendo que, en este contexto, lo no escrito es lo no publicado, lo que aún permanece en el seno del autor. Me sorprende (todavía) la creencia de que los poemas, tan cortitos ellos algunas veces, se escriben a vuelapluma, en el margen de una servilleta de bar, por ejemplo, y se van añadiendo al siguiente poemario con el esfuerzo mínimo de recordar el compartimento de la cartera en el que se ha guardado la joya. Nada más lejos de la verdad. Existen las notas, por supuesto: libretas, servilletas, listas de la compra, márgenes de periódicos... pero son eso, notas, el esbozo de un verso, la idea, tres palabras que, por alguna razón, se te han clavado en alguna parte y debes sacar a la luz...

He hablado con muchos poetas sobre el terrible lapsus que sucede entre la idea primordial y el poema final. Lapsus que, a veces, se convierte en años... o en nunca. Un lapsus de labrantía en el que debe sacarse lo mejor del terruño. Responsabilidad poética. Ya sé que me lo habéis oído decir muchas veces, pero considero que debe ser un abono indispensable. Debes dar, como en el resto de cuestiones vitales, lo mejor de ti mismo, formal y emocionalmente. Y ni siquiera eso garantiza una buena cosecha.

Cada poeta con el que he hablado (o al que he leído) me cuenta cómo vive ese silencio fértil. Horas concretas, estaciones preferidas del año, estados de ánimo determinados, altibajos, trabajo constante con o sin inspiración, poemas para un poemario, poemario para unos poemas... Volver al poema cada día, como a un lugar conocido, con el humor que se lleva puesto. Descargar sobre él los malos humos o hacerle carantoñas, porque hoy ha parecido como si fuera viernes. Trabajar dos versos toda una tarde para terminar variando solo una palabra... o ninguna. Descubrir que la idea se ha diluido a partir de la segunda estrofa y que la tercera y la cuarta han perdido el norte y el ritmo...
En resumen: cada poema lleva detrás muchas horas de trabajo, esconde dolor y satisfacción y es, en suma, un pedazo del autor.

Se anima este trasiego con lecturas poéticas (para alejarse de uno mismo y descubrir que la belleza y la perfección son posibles), lecturas de críticias literarias, consultas específicas sobre aspectos determinados que atañen al poema/poemario... pero también con intervenciones públicas, recitales, presentaciones, publicaciones. Porque al César lo que es del César y el autor debe (obligación) dar a conocer su obra. Otra cosa bien distinta es la prodigalidad del poeta cuando este cree que es sinónimo de reconocimiento público.

Y ahí no termina todo. Cuando se siente que el poema está terminado, es necesario el tiempo de reposo. El distanciamiento entre lo escrito y el autor. En la alegoría agrícola, el tiempo necesario para que germine el poema.

La sorpresa viene al volver a los versos, meses después, y comprobar que en nada se parecen a aquello que quisimos expresar. O peor aún: desconocer completamente al autor de los mismos (uno mismo, como suponéis). Llega el momento de la tachadura, de la recomposición. A veces, incluso, de la destrucción total. O, si las musas fueron benévolas, se forma en la cara del poeta esa sonrisa extraña, casi bobalicona, al comprobar que el poema ha superado la prueba del paso del tiempo. 

El silencio fértil surge entre los propios versos, en el trabajo de escribir poesía. 

El ruido de las palabras se detiene y el autor mira en su interior para encontrar respuestas; o preguntas, que en poesía dan más juego. Se forma bebiendo de las fuentes de los grandes autores, estudiando la palabra (qué bello es el español cuando se indaga) y volviendo al poema una y otra vez. Se nutre interior y exteriormente, entrega substancia al poema y la recibe de él. 

Es la belleza de la poesía y la magia inigualable de la palabra.


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