27 de marzo de 2015

El juego de la vida

Imagen fotográfica en http://squallinou14.deviantart.com/art/Happy-Lovers-371994440


Observó con ternura la vibrante esfera azul. Recibía el calor y la luz de la recién encendida estrella y parecía palpitar en la oscuridad. En sus manos, los frágiles cuerpos, inertes aún, esplendían en su perfección. Ambos diferentes en su completitud, idénticos en su necesidad de compenetración. Capaces de perpetuarse y ofrecer la constante renovación de la belleza.

Frente a Él, el aura que los animaría recibía los dulces impulsos de sus labios: la curiosidad, necesaria para el descubrimiento; la inteligencia, eficaz instrumento para el progreso; el miedo, imprescindible para la supervivencia; el valor, útil para afrontar los caminos que se abrirían; el lenguaje, la crucial herramienta para transparentar el yo definitivo… Dudó al exhalar el albedrío, cuyas inevitables consecuencias ya estaban presentes en el todo, mas, ¿cómo, si no, habrían de disfrutar de la auténtica libertad?

Infundió, en suma, los dones de su propia materia en aquella alma. Cada una sería distinta y única, pues el albedrío, la respuesta individual, conformaría su valor definitivo.

Frágil frente a sus ojos, el aura temblaba ligeramente en su color azul; solamente faltaba el último aliento, el más importante don que ofrecer a los recién nacidos a la vida.

Habría de ser el más fuerte de todos, capaz de reavivar cada una de las cualidades recibidas. Crecería en el silencio, en la observación, en el deseo de dar, en la renuncia; invadiría lentamente cada rincón del alma hasta convertirse en el motor vital. El Hombre perdería su “yo” para percibir plenamente el “nosotros”. Sería el más fuerte, aunque su cuerpo estuviese gravemente dañado; sería el más audaz, aunque el miedo le arañase la espalda; sería el más generoso, aunque sus manos estuviesen vacías; sería el más tierno, aunque a su alrededor merodeasen las fieras; sería el más paciente, aunque le acuciase la urgencia del encuentro; sería el más alegre, aunque su corazón estuviese aterido por la pena. Aprendería el auténtico valor de la espera, de la pertenencia, de la posesión, de la pérdida.

Este don, este último regalo, el Amor, sería el único capaz de divinizar al Hombre.

El soplo final convirtió el aura en una luminosa esfera que tornó su débil azul en un delirio naranja. Nada faltaba por hacer.

Pero sus labios se curvaron en una pícara sonrisa. Con su dedo índice dividió la esfera resplandeciente en dos mitades perfectas, y otorgó cada una de ellas a los dos cuerpos yacentes.

Sin perder la sonrisa, observó el despertar de sus criaturas: no habría más regla que el respeto a la libertad del otro, ni más fin que volver a ser una única alma. La alegría vendría dada en hallar la plenitud del encuentro con la otra mitad; el dolor, en la dificultad de la búsqueda; el placer, en la consumación carnal del reencuentro; la esperanza, en el deseo de la perpetuidad.

Y cuando dos mitades gemelas se hallaran, por fin, frente a frente, el Amor, completo y renacido, atraería sus auras haciéndolas, como en el origen de la Creación, Una.

Los dejó marchar. 

Había comenzado el maravilloso Juego de la Vida.

©Soledad Sánchez Mulas