26 de diciembre de 2015

Treblinka

 
Fotografía de Ira Nowinski (Corbis)




Los trenes de la muerte 



PRÓLOGO. VERANO DE 1.942

Treblinka se duele de rieles.
Y ha florecido en trenes, un engañoso bulbo a sus espaldas.
Dentro, en la tierra, un rizoma de huesos.


(I) UMSCHLAGSPLATZ. EL PRIMER VIAJE

Qué lunas rotas
llevadas en el halda,
qué rastro de claveles
en los talones heridos
de balasto,
en los rieles afilados
de frío:
puente y traviesas
apresurando el alba.

Qué huida incauta
delante de la bestia,
hendiendo
el aire con fauces
ambarinas,
que arrastra
tras de sí
todos los cuerpos huecos,
llorando en pos del alma.

Qué negra calma
sentada en los andenes,
con los pañuelos
blancos
saludando,
sin manos, a todos esos trenes
que pasan
y que rompen,
con sus ventanas ciegas,
todos los ojos
mudos.

Qué golpe seco
cayendo en los vagones:
todo el plomo
del tiempo
fundiendo
los recuerdos,
en una oscuridad
felina y cúbica
que cuelga
de los árboles borrosos.

Qué mustias flores
bailando en los sombreros,
las alas rotas
resbalando, sumisas,
sobre las secas frentes.
Desmesurados
bosques,
de cuerpos apretados,
previos
humos de huesos
en el aire,
mecidos
por el vaivén lascivo.

Qué lunas,
seis lunas rotas
a horcajadas
del ignorante tren.

Deportados del gueto de Varsovia subiendo al tren (Courtesy: Leopold Page Photographic Collection,USHMM. - See more at: http://ww2today.com/4th-august-1942-waiting-for-the-end-in-the-warsaw-ghetto#sthash.Yju78nJc.dpuf)



(II)  IRENA EN EL TREN

Debes dejar que pose el agua turbia en este abrevadero,
dejar que el tren inmole las arañas
que tejen las orgánicas guirnaldas.
Que caiga en lajas tu tímida pared,
mientras tus uñas
raspan la madera,
y el cuerpo junto al tuyo
se consume en su fiebre.
Debes cegar los ojos con el ruido meloso
de las cigarras que arrastran este tren,
y nacerte en el vértice conciso
de la última pregunta que te quema;
olvidar el futuro para no despeñarte
por las aristas romas
que el viento de este eterno viaje
anuda a tus caderas.
Debes hablar con los labios partidos,
contar un cuento desde la cúspide de un cardo,
prender una torá en el envés de la hoja calcinada,
bajar del tren en la estación, desnuda, sólo tu piel,
encaje de minúsculas polillas.

Irena Sendlerowa, «Irena Sendlerowa 1942» de Desconocido - Teresa Prekerowa "Konspiracyjna Rada Pomocy Żydom w Warszawie 1942-1945"( The underground Council to Aid Jews in Warsaw 1942-1945) Warszawa 1982 ISBN 83-06-00622-4. Immediate source: Irena Sendler 1943 (2) online.. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Irena_Sendlerowa_1942.jpg#/media/File:Irena_Sendlerowa_1942.jpg


(III)  VAGÓN OSCURO

Furioso, aprieta el intestino y muerde la hora
del cilantro en la taza lunar de la polilla.
Se aplasta, erógeno, entre todos los cuerpos,
impregnando su olor, amarga almendra,
tallando en las maderas del vagón
un icono oxidado de madre-niño-monstruo.
Recorre el montículo de huesos, bailando
como nieve en las patas preñadas de la abeja,
levantando los vellos como husos,
hilando babas frías, descolgadas, en la boca de un niño.

No se duerme en el sueño. Cae al agua como
una astuta sámara, confabulada
con el viento que alza el gemir de algún bulto
y el movimiento rítmico:
yunque solar,
martillo enastado en algún astro,
del tren que coloniza. Abre una boca
para meterse dentro, amasando la roja suavidad,
tronzando el ciclamor en leña de pizarra.

Salta a un pecho y arrolla los rizomas
de algún jardín secreto para hacerse una capa.
Se yergue, sobre el sopor de un pámpano,
y aúlla como un lobo desde el laso tendal
donde ondeaba una camisa oscura, con un sol en la manga.

Brama en el tren, arrinconando agujas,
con las uñas al borde de los órganos,
escudriñando las últimas ventanas donde se muere
un lirio.

El miedo se despliega, satisfecho,
dueño y señor del filo estrecho y cárdeno
del ojo,
premonitorio humo,
cubriendo de ceniza las cordilleras óseas
que caen sin remisión en el túnel oscuro.


(IV)  NIÑO POLACO

Él los vio.
Asomado en la paz de sus ojos azules
y su cabello rubio, seguro en la indolencia de los años inocuos
de la infancia.
En el calor de aquel agosto extraño,
con las rodillas sucias, los vio pasar.
Y vio que los callaban las bocas de los hombres;
los silenció su padre, con la mirada rota
los agostó su madre, con las manos ocultas en la nieve,
perdiendo la mirada sobre los campos
secos de Treblinka.
Él vio aquella estación de cartón piedra
que se tragaba enteros los rieles,
ahondando en la alambrada, lejos,
donde las bocas ásperas cerraban pabellones.
Llegaron muchos, rompiendo con su estertor metálico
las tardes muertas. Y aquel hedor. El aire se caía
a pedazos, y lo silenció el pueblo
peinando el sol de aquel mortal verano.
Él recorrió todo el metal de todos los espinos,
y vio las falsas casas que esperaban,
los rimeros de flores… y aquellos barracones.

Pudo verlos a ellos. Una noche de impresionante luna,
tantos, tantos… bajando sombras con sus tristes maletas.
En silencio absoluto, sólo hablaban los ojos,
un rebaño de ojos esa noche.
Y guardó el secreto de sus pieles desnudas,
de todos los corales relucientes, de los vellos espesos,
del pudor de las manos cruzadas. Pero era un niño.
Y recorrió las cercas, y siguió aquel desfile.
Volvió muy tarde, envuelto en las mortajas
de ojos y de pieles, de cabellos rapados. Volvió
borracho de una masa de carne resignada.

Y se sentó fragante en el andén. Todos los días.
Y aguardaba los primeros bufidos, clavados en el aire
espeso y maloliente. Afinaba los ojos en las grietas
del vagón de ganado, y encontraba miradas:
bandadas de palomas asustadas en todas las rendijas.
Y se las calló todas. Y comía el pan recién hecho y caliente,
y abrazaba a su madre, y tiraba a lo lejos las piedras planas
en el río. Y se guardaba los ojos, las pieles, las hileras…
y aquel olor… a muerte.
Los vio pasar. Los trenes. Tantos trenes.
Los fue callando todos, uno a uno.  Y cada tren parió una luna
fría, en cada uno de sus techos. Córneas y lunas.
Capilares de sangre en cada rama que cortaba las lunas.
Y, abrazado a sus piernas, en el reseco andén
-mugre reciente en las rodillas, costra de alcíbar sobre el tierno latir-,
los vio pasar a todos. Se los calló de muerte en sus papilas,
amargos, súbitos. Silenció el corte recio de aquellos cuerpos
efímeros al paso, morados en el tren, y los dejó olvidar.


EPÍLOGO. NOVIEMBRE DE 1.943

Cesó el tambor de lunas en los trenes.
Treblinka deshilvanó las lágrimas metálicas
que cosieron los huesos hacia el bosque.
Y la nieve, turbada, amortajó de luna los rieles.

«Treblinka - Rail tracks» de Little Savage - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Treblinka_-_Rail_tracks.JPG#/media/File:Treblinka_-_Rail_tracks.JPG



®Soledad Sánchez Mulas



Este pequeño poemario es antiguo, pero muy querido para mí. La parte oscura del ser humano es grande, y nos muerde desde todos los rincones. 
Hoy también su voz nos llega desde muchos lugares del planeta. 
Tendamos la mano y la palabra, solo la mano abierta y la palabra desnuda. 
Y ningún tren.

En memoria de quienes perdieron su vida a manos de la locura. 

¿Hasta cuándo?



22 de diciembre de 2015

Feliz Navidad

Natività, 1650, Carlo Maratta,


No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,
y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;
de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido,
sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Mt 20: 26-28

21 de diciembre de 2015

Despertar


Fotografía original de José Amador Martín Sánchez (10/12/2015)


Despertar


Todo pájaro es un milagro alado
Márcio Catunda


El pájaro de la desnudez
se posa breve en el alar del día.

Pequeño ángel,
indeciso,
húmedo aún en el temblor del sueño,
observando las copas de los árboles
y la luz promisoria de la substancia abierta.

Sus negros ojos atesoran el vértigo
y sus alas,
tibias apenas tras el helor del nido
que aguza las espinas,
trazan el vuelo:
palpitante silencio entre los labios,
entre las grietas de la piel dormida
tras los oscuros besos del reloj.

Tierno pájaro de la piel desnuda,
de la niñez sin horas, sin escuelas,
de la memoria
que intenta renacer en la vejez.

Párvulo ensueño,
frágil arquitectura de un deseo,
escombro dulce
abierto en la crudeza de la luz.

®Soledad Sánchez Mulas