17 de febrero de 2017

Niños oscuros

Imagen: https://morguefile.com
Niños oscuros



El mar y el sur besan los pies
al gigante blanco.

Esconden tigres en las caracolas
y humedecen cartas en el agua salada.

La tinta dibuja cauces de lágrimas
y ennegrece las mejillas
de las madres que esperan noticias.

Y las noticias llegan
en forma de medallones perdidos,
de cadenas que se hunden y se enredan en el coral
—burbujas nacidas en la esperanza
y disueltas en el nunca—,
de amuletos que bailan con la espuma,
de ojos eternamente abiertos.


El sur no sabe.

Desconoce los muros de olas
y la soledad de la arena en la playa
cuando los cuerpos caen
como hojas muertas.

Cuando los cuerpos mutan
en estatuas de sal,
entre conchas y minúsculos cangrejos;
cuando los cuerpos,
sin dueño ya,
sin horas,
se abaten en la orilla de los sueños.

...

El pequeño Aylan besa la arena
y sus labios, como pálidos peces,
abren surcos de esperanza niña.

El mar, que ignora el quién y el dónde,
borra sus huellas mientras lo desabriga
con una dulce ola.

Una imagen de cera traspasa el muro
que cierra su país.

Y una llave olvidada,
una fotografía
que navega perdida entre otras tantas,
se entierra en la playa.


La madre de papel
reblandece sus pechos en el mar.

Su leche son agujas de miedo,
líquidas en la soledad y el frío,
y el bebé, que aprieta sus pezones
hasta la extenuación,
llora hacia dentro,
acalla el gemido en sus ojos sin párpados.

Hambre mojada para sembrar la playa.


El mar es cuchillo afilado de adioses
que parte la carne y avienta la familia.

Madre que viaja sola, sin maleta y sin leche,
sin piel,
cuyo rastro se pierde en la aldea asolada.

Los hijos son voces metálicas
al otro lado. Siempre
al otro lado.

Alcancías de barro para ahorrar el dolor;
billetes de patera para un reencuentro;
monstruos de distancia para poblar las noches europeas.

La familia ya no es piedra angular,
ni faro, ni puerto.

Es un grito en un filo de espuma.


El jardín vedado no es el final del cuento.

Los niños oscuros,
bandadas de palomas asustadas,
se posan en lo alto de la esperanza.

Sus ojos, blancos de nieblas,
círculos de pena,
redondeles de hambre eterna,
observan las fuentes
y la alfombra de hierba.

Pero el gigante no se apiada,
no abre los brazos,
ni los comederos,
no sostiene la fronda para sus alas
que se deshojan en metálicos sueños.

Los niños oscuros nunca jugarán en su jardín.


El mar del sur extiende sus tentáculos
en forma de alambrada.

Un jirón de tela toca mi corazón.

Sabe a ausencia y a sueño,
cuelga dolorido del espino,
nos llama con su voz oscura,
con sus botas vacías
—frutos podridos
que han muerto en la ignorancia,
que penden de la sumisión—.

El sur estalla en una verja alta
donde los brazos de los niños sin madre,
oscuros por la pérdida y la incomprensión,
tocan
la melodía de una luna soñada.

Donde las lenguas de los niños sin padre,
oscuros tras el telón de un teatro pactado,
lamen
los talones del gigante blanco.




Poemas publicados en el volumen Para el grito, coordinado por José Manuel Ferreira Cunquero y editado por la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes (2017), en beneficio de Manos Unidas.

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